martes, 25 de marzo de 2014

La niña de la playa




Venía cada noche, su presencia arropaba la playa con una tenue candidez que transformaba el invierno. Yo la miraba de lejos, preguntándome por su presencia solitaria, por su pálido rostro de nueve años. Una noche se me acercó, la mirada sabia, la seguridad de la inocencia. Me tomó de la mano y se terminaron para siempre mis preguntas.








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miércoles, 12 de marzo de 2014

A ti



A ti que no me debes nada,
que te lo debo todo:
las noches de silencio,
de tristezas, de angustias;
los días soleados,
las tardes de verano,
los paseos por la playa. 

A ti que nunca fuiste de mi sangre,
que te siento nacido de mi vientre. 

A ti que cada noche en la distancia
me siento infiel por no tenerte. 

A ti que con tus besos, tus abrazos,
haces que el mundo parezca más hermoso. 

A ti con quien me enfado sin motivo,
olvidando que me amas más que a nadie.

A ti que te has marchado para siempre
te doy mi vida entera para amarte.



Quirón

sábado, 2 de marzo de 2013

El profesor de esgrima



Claude, es el nombre de mi primer amor. Nos conocimos con 12 años en el baile del pueblo. Era el mes de agosto en la Francia profunda del Midi-Pyrénees, un pequeño pueblo de la campiña, una bonita fiesta de verano.
Nos habíamos mirado durante tres días y la última noche me pidió bailar juntos. El último baile de la velada, la canción balada para los enamorados. Él puso sus manos en mi cintura, yo puse mi rostro contra su hombro derecho y mi corazón estaba loco como el péndulo de un reloj en la fiesta de Fin de Año. Pero el tiempo pasaba y él no parecía tener el coraje para dar el paso decisivo. Podía sentir el perfume robado a su papá, su olor de adolescente tímido, su miedo de niño contra mi pecho de muchacha.
 La magia amenazaba con terminar al fin de la canción y yo, para evitar el fracaso del baile, levanté mi cabeza y le di un beso en los labios. Terminamos sobre el césped como si San Francisco pudiera incendiarnos. Al día siguiente, terminé mis vacaciones en el pueblo. Fue la última vez que vi a mi querido Claude.
Hoy es otro Claude el que  me besa en el cuarto de baño de un hotel. Su lengua en mi cuello, sus manos en mi cintura, su peso contra mis nalgas. A veces me da la vuelta, su boca alrededor de mis senos. Es un loco encuentro, no había nada previsto en mi plan de la noche pero bailaba tan bien que me dejé llevar hasta el punto en el que nos encontramos ahora.
En este momento, con la cabeza fría y el alcohol desapareciendo, empiezo a arrepentirme del momento de debilidad que me ha conducido a tener sexo con este desconocido Claude. Pero me besa sensualmente, su saliva que resbala, su barba que me cosquillea, sus ojos contra el reflejo del espejo y pienso en el césped seco del verano, en la orquesta despidiéndose, en los fuegos artificiales en el cielo del mes de agosto, en una noche perdida en la Francia profunda… y llega el orgasmo.
Claude ríe y yo podría volver a besarlo una vez más, antes de marcharme como una Cenicienta que ha perdido más de lo que querría. Sin embargo, río con él, porque no estamos solos en la habitación y siento vergüenza, él no se da cuenta de ello y me toma por una coqueta, por una zorrita pícara y descarada. Se equivoca.
.Claude comparte habitación de hotel con Jean-Michel. Justo al lado, él duerme después de la gran celebración de anoche. Jean-Michel es una celebridad de esgrima en Marsella y Claude es su preparador. Jean-Michel es la razón por la cual yo estoy aquí, en Barcelona. El periódico local para el que trabajo me ha enviado para seguir su aventura en los Juegos Olímpicos. Mañana, más bien hoy, tengo una cita con él después de que haya ganado la medalla de bronce en esgrima, es la entrevista más importante de este viaje.
Jean-Michel está solo para le entrevista, su coach se excusa, un inconveniente de última hora. Jean-Michel sonríe sin saber nada sobre mí. La conversación pasa rápido, ligera, como cualquier conversación deportiva. Una bonita primera página en el diario local.
No pensaré más en este encuentro cuando llegue a mi habitación de hotel, cuando recoja mis cosas, prepare mi maleta, me marche a Marsella. Puede que piense en ello cuando esté en el tren, cuando llegue a casa con mi marido y mis hijos. Seguro que pensaré en Claude cuando camine descalza sobre el césped mojado, sobre la blanca arena de una noche de verano.
Claude, Claude era el nombre de mi primer amor de infancia.

  

lunes, 25 de febrero de 2013

Le professeur d'escrima



                                                                                                   Pour le windsurf coach                                                                    

Claude, c’est le prénom de mon premier amour. Nous nous sommes connus avec 12 ans à la balle du village. C’était le mois d’août dans la France profonde du Midi-Pyrénées, une petite ville de campagne, une jolie fête d’été.
Nous nous sommes regardés pendant trois jours et la dernière nuit il m’avait demandé de danser ensemble. La dernière balle de la soirée, la chanson balade pour des amoureux. Il a mis ses mains à ma taille, j’ai mis mon visage contra son épaule droite et mon cœur était fou comme le pendule d’une horloge pour le réveillon de la fin d’année. Mais le temps passait et lui il ne semblait pas avoir le courage de donner le pas décisive. Je pouvais sentir le parfum piqué à son papa, son odeur d’adolescent timide, son peur d’enfant contra ma poitrine de jeune fille. La magie menaçait avec disparaître à la fin de la chanson et moi, pour éviter le fracas du danse, j'ai enlevé ma tête et l'ai donné un baiser sur les lèvres. Nous avons finir dans la pelouse comme si San Francisco pouvait nous allumer. Le lendemain j’avais finir mes vacances au village. C’était la dernière fois que j’ai vu mon cher Claude.
Aujourd’hui c’est un autre Claude qui m’embrasse à la salle de bain d’un hôtel. Sa langue sur mon cou, ses mains à ma taille, son pois contre mes fesses. Des fois il me fait tourner, sa bouche en rond de mes seins. C’est un fou rencontre, ce n’était rien de prévu dans mon plan de la soirée mais il dansait tellement bien que je m’ai laissé faire jusqu’à le point où nous sommes maintenait.
En ce moment, avec la tête froide et l’alcool en train de partir, je commence à regretter l’instante de faiblesse qui m’a conduit à faire du sexe avec cet inconnu Claude. Mais lui m’embrasse sensuel, sa salive qui glisse, sa barbe qui me chatouille, ses yeux contra le reflex du miroir et je pense à la pelouse sèche de l’été, à l’orchestre qui dit au revoir, aux feux d’artifices dans le ciel du mois d’août, dans une nuit perdu à la France profonde…et l’orgasme arrive.
Claude rit et je pourrai l’embrasse encore une fois, avant partir comme une Cendrillon qu’a perdu plus de ce qu’elle voudrait. Par contre, je ris avec lui parce que nous ne sommes pas seuls à la chambre et moi j’ai honte, il se n’en rend pas conte et il me prend pour une petite coquine, une petite garce maline et effrontée. Il se trompe.
Claude partage chambre d’hôtel avec Jean-Michel. Juste à côté il dort après la grosse célébration d’hier soir. Jean-Michel est une célébrité d’escrime à Marseille et Claude est son préparateur. Jean-Michel est la raison pour la quelle je suis ici à Barcelone. Le journal local où je travail m’a envoyé pour suivre son aventure dans les Jeux Olympiques. Demain, plus tôt aujourd’hui, j’ai un rendez-vous avec lui après avoir gagné la médaille de bronze en escrima, c’est la plus importante interview de ce voyage.
Jean-Michel est seul pour l’interview, son coach s’excuse, un souci ou dernier moment. Jean-Michel sourit sans rien savoir sur moi. La conversation passe vite, légère, comme n’importe qu’elle discussion sportive. Une jolie premier page au journal local.
Je ne penserai plus à cette rencontre quand j’arrive à ma chambre d’hôtel, quand je rende mes affaires, prépare ma valise, parte vers Marseille. Peut-être j’en penserai quand je sois dans le train, quand je rentre chez moi avec mon mari et mes enfants. Sure je penserai à Claude quand je marche pie nu sur la pelouse mouillé, sur la sable blanche d’une soirée d’été.  
Claude, Claude était le prénom de mon premier amour d’enfance.


jueves, 17 de enero de 2013

Animal fragile



Je suis un animal fragile. Je t'ai dis le premier jour mais tu m'as pas cru. T'en pis, aujourd’hui c'est trop tard.


  

                             Je t'aime.

lunes, 14 de enero de 2013

Alma



                                                                                                                A quienes esperan



Alma nació antes de que sus padres se conocieran. Nació hermosa como un gajo de luna, morena y pálida como una noche de olivos. Su madre la amó sin reservas ni condiciones, un amor que sería para siempre. Alma le correspondió con su carita de niña, con sus ojos azabache, con su boca de cereza, con la dulzura del recién nacido.
 

Era perfecta, incluso antes de ser, cuando aún no existía ni el deseo de su existencia, cuando todavía los amantes eran sólo eso, dos cuerpos desconocidos entregados sin restricciones. Fue entonces cuando Alma vino a la vida. Tierna e inocente, víctima de la pasión furtiva, mágica como los amores imposibles, bella como la llama de la esperanza.

La invención de un sueño de verano.


miércoles, 26 de diciembre de 2012

D'amour en amour



- Qu'est qu'il y a dans ta bouche chèri?-demandait elle.

- Des mensonges -sourit lui.



jueves, 19 de julio de 2012

La piscina


Armando era de los pocos que quedaban en su profesión, hecho a la antigua, con esa mirada mansa de los que siempre han mantenido la cabeza gacha. Tenía el pelo cano y ondulado, las manos algo toscas y el talante dispuesto. Era su último verano antes de jubilarse y por fin había ahorrado lo suficiente para acceder al abono mensual del Club Deportivo: piscina, pistas de paddle, canchas deportivas, zona de recreo y terrazas. No era fácil hacerse un hueco entre tanta gomina, zapatos castellanos y polos Lacoste, pero el dinero todo lo puede.
―Señorita ―me decía―, en esta ciudad el verano no se puede pasar si no es en remojo.―Yo me mordía la lengua, porque aquella idea de la piscina colectiva me ponía los pelos de punta, por mucho standing que pudiera tener no era más que agua estancada con un montón de extraños.
         En nuestra comunidad no había piscina. Era un edificio de dos plantas. Lo que antes eran dos viviendas ahora albergaba a tres vecinos y la clínica de Don Carlos, el hijo de la propietaria del inmueble, mi vecina y arrendataria: Doña Pepita. Doña Pepita tenía una interna vestida con cofia y delantal, una señora de unos cuarenta años con quien me cruzaba los domingos por la mañana, cuando yo llegaba de fiesta y ella salía de día libre, un día libre por semana, los domingos, siempre y cuando Doña Pepita no se encontrará mal y hubiera que acompañarla a misa. A la señora le gustaba exhibirse entre sus congéneres acompañada del servicio, sobre todo, cuando el obispo oficiaba en San Nicolás, cuánto más cofia y más almidón, más postín. Pero volviendo a Armando. Al principio, recién llegada con dos amigas a aquel apartamento del centro, a penas cruzábamos unas palabras.
―Señorita ―me insistía―, deje la basura en la puerta que ya la tiró yo.
―Ni qué estuviera manca ―respondía yo con orgullo obrero y me llevaba mis despojos.
―Es mi trabajo señorita ―pronunciaba levantando la barbilla en una reivindicación de grandeza. Luego, le abría la puerta del ascensor a Doña Pepita y él subía por las escaleras para recoger las bolsas negras. Con el tiempo y de tanto cruzarnos en el rellano, acabamos cogiéndonos cariño, tal vez por el abuelo que perdí, tal vez  por la hija que no tuvo.
El día antes de las vacaciones de verano, lo vi bajar por primera vez en el ascensor. Llevaba una sola bolsa de basura. “Demasiado grande”, pensé.
―Buenas Armando ―dije.
―Buenas noches señorita. ―Su voz sonó grave, dolorida.
―Está usted bien ―pregunté preocupada.
―Verá señorita, hoy es mi último día ―Me sorprendí pero no dije nada―. Doña Pepita habló con los del Club. Rechazaron mi solicitud. ―Vi como una lágrima resbalaba entre las arrugas de su rostro. Tiró con fuerza de la bolsa que chocó violentamente contra el escalón de la entrada. Afortunadamente no se rompió.
            Al día siguiente yo volvía al pueblo y pasé para despedirme de Doña Pepita. Nadie abrió la puerta.

jueves, 10 de mayo de 2012

Viaje a la luna


Valentina lenvantó la vista despistada. Vladimir la miraba interrogante tras sus gafas de concha negra. Valentina confesó que se había enamorado perdidamente de Tolstoi. Julia sonrió, desde que, una semana antes, su amiga había conocido al ingeniero, andaba siempre en las nubes.

El tiempo corría en su contra. Tenía sólo un fin de semana antes de que él se marchara, antes de que ella y sus dos compañeros iniciaran la misión, pero Valentina no se atrevía a insinuarse.

Vladimir tomó la iniciativa, levantó el grueso teléfono de la sala de reuniones y marcó el número del móvil de Tolstoi.

―¿Tolstoi? Soy yo, Vladimir. Tenemos un problema de última hora, necesitamos tu consejo. Tan sólo que supervises unos planos ―con el auricular levantado las dos mujeres seguían de cerca las excusas de Tolstoi.Lo sé compañero, sé que te marchas al extranjero, ya sé que estás con los preparativos...lo entiendo el joven contestaba apresurado.― Claro, claro, tu compañero Petrov también nos sería de gran ayuda. No te preocupes le diré a Julia y Valentina que vendrá él.

― ¿Valentina? dijo la voz con sorpresa, al otro lado del teléfono.― ¿Ella también está en el proyecto? ―su tono había tomado otro matiz, más armonioso y delicado, suave y espectante.― ¿Puedo hablar con ella?―preguntó presuroso.

Vladimir le pasó el auricular a Valentina que a penas podía controlar el batir tembloroso de su labio inferior.

Hola ―dijo ella como toda respuesta, tímida y acelerada.

¿También te vas? ―susurró Tolstoi apenado.

Sí. Nos vamos los tres. El martes salimos para la Luna ―dijo, dejándose llevar por el deseo de los besos delineantes del ingeniero, por su sonrisa estrusca de vocales semi-abiertas, por el momento carnal de una única noche, por el sigiloso guiño de poeta recién llegado.

Valentina lenvantó la vista despistada. Vladimir la miraba interrogante tras sus gafas de concha negra. Valentina descubrió de repente que aún le quedaban fantasías por cumplir pero era demasiado perezosa. Julia inició el repaso del viaje a la Luna, cada detalle era importante, en dos días desembarcarían en el satélite.
El despegue fue un éxito. El ingeniero Tolstoi presenció el acontecimiento en su nuevo despacho del extranjero. Sentado en su blanco sillón miraba el cohete con la mente perdida en los pechos de Valentina.