sábado, 2 de marzo de 2013

El profesor de esgrima



Claude, es el nombre de mi primer amor. Nos conocimos con 12 años en el baile del pueblo. Era el mes de agosto en la Francia profunda del Midi-Pyrénees, un pequeño pueblo de la campiña, una bonita fiesta de verano.
Nos habíamos mirado durante tres días y la última noche me pidió bailar juntos. El último baile de la velada, la canción balada para los enamorados. Él puso sus manos en mi cintura, yo puse mi rostro contra su hombro derecho y mi corazón estaba loco como el péndulo de un reloj en la fiesta de Fin de Año. Pero el tiempo pasaba y él no parecía tener el coraje para dar el paso decisivo. Podía sentir el perfume robado a su papá, su olor de adolescente tímido, su miedo de niño contra mi pecho de muchacha.
 La magia amenazaba con terminar al fin de la canción y yo, para evitar el fracaso del baile, levanté mi cabeza y le di un beso en los labios. Terminamos sobre el césped como si San Francisco pudiera incendiarnos. Al día siguiente, terminé mis vacaciones en el pueblo. Fue la última vez que vi a mi querido Claude.
Hoy es otro Claude el que  me besa en el cuarto de baño de un hotel. Su lengua en mi cuello, sus manos en mi cintura, su peso contra mis nalgas. A veces me da la vuelta, su boca alrededor de mis senos. Es un loco encuentro, no había nada previsto en mi plan de la noche pero bailaba tan bien que me dejé llevar hasta el punto en el que nos encontramos ahora.
En este momento, con la cabeza fría y el alcohol desapareciendo, empiezo a arrepentirme del momento de debilidad que me ha conducido a tener sexo con este desconocido Claude. Pero me besa sensualmente, su saliva que resbala, su barba que me cosquillea, sus ojos contra el reflejo del espejo y pienso en el césped seco del verano, en la orquesta despidiéndose, en los fuegos artificiales en el cielo del mes de agosto, en una noche perdida en la Francia profunda… y llega el orgasmo.
Claude ríe y yo podría volver a besarlo una vez más, antes de marcharme como una Cenicienta que ha perdido más de lo que querría. Sin embargo, río con él, porque no estamos solos en la habitación y siento vergüenza, él no se da cuenta de ello y me toma por una coqueta, por una zorrita pícara y descarada. Se equivoca.
.Claude comparte habitación de hotel con Jean-Michel. Justo al lado, él duerme después de la gran celebración de anoche. Jean-Michel es una celebridad de esgrima en Marsella y Claude es su preparador. Jean-Michel es la razón por la cual yo estoy aquí, en Barcelona. El periódico local para el que trabajo me ha enviado para seguir su aventura en los Juegos Olímpicos. Mañana, más bien hoy, tengo una cita con él después de que haya ganado la medalla de bronce en esgrima, es la entrevista más importante de este viaje.
Jean-Michel está solo para le entrevista, su coach se excusa, un inconveniente de última hora. Jean-Michel sonríe sin saber nada sobre mí. La conversación pasa rápido, ligera, como cualquier conversación deportiva. Una bonita primera página en el diario local.
No pensaré más en este encuentro cuando llegue a mi habitación de hotel, cuando recoja mis cosas, prepare mi maleta, me marche a Marsella. Puede que piense en ello cuando esté en el tren, cuando llegue a casa con mi marido y mis hijos. Seguro que pensaré en Claude cuando camine descalza sobre el césped mojado, sobre la blanca arena de una noche de verano.
Claude, Claude era el nombre de mi primer amor de infancia.