jueves, 19 de julio de 2012

La piscina


Armando era de los pocos que quedaban en su profesión, hecho a la antigua, con esa mirada mansa de los que siempre han mantenido la cabeza gacha. Tenía el pelo cano y ondulado, las manos algo toscas y el talante dispuesto. Era su último verano antes de jubilarse y por fin había ahorrado lo suficiente para acceder al abono mensual del Club Deportivo: piscina, pistas de paddle, canchas deportivas, zona de recreo y terrazas. No era fácil hacerse un hueco entre tanta gomina, zapatos castellanos y polos Lacoste, pero el dinero todo lo puede.
―Señorita ―me decía―, en esta ciudad el verano no se puede pasar si no es en remojo.―Yo me mordía la lengua, porque aquella idea de la piscina colectiva me ponía los pelos de punta, por mucho standing que pudiera tener no era más que agua estancada con un montón de extraños.
         En nuestra comunidad no había piscina. Era un edificio de dos plantas. Lo que antes eran dos viviendas ahora albergaba a tres vecinos y la clínica de Don Carlos, el hijo de la propietaria del inmueble, mi vecina y arrendataria: Doña Pepita. Doña Pepita tenía una interna vestida con cofia y delantal, una señora de unos cuarenta años con quien me cruzaba los domingos por la mañana, cuando yo llegaba de fiesta y ella salía de día libre, un día libre por semana, los domingos, siempre y cuando Doña Pepita no se encontrará mal y hubiera que acompañarla a misa. A la señora le gustaba exhibirse entre sus congéneres acompañada del servicio, sobre todo, cuando el obispo oficiaba en San Nicolás, cuánto más cofia y más almidón, más postín. Pero volviendo a Armando. Al principio, recién llegada con dos amigas a aquel apartamento del centro, a penas cruzábamos unas palabras.
―Señorita ―me insistía―, deje la basura en la puerta que ya la tiró yo.
―Ni qué estuviera manca ―respondía yo con orgullo obrero y me llevaba mis despojos.
―Es mi trabajo señorita ―pronunciaba levantando la barbilla en una reivindicación de grandeza. Luego, le abría la puerta del ascensor a Doña Pepita y él subía por las escaleras para recoger las bolsas negras. Con el tiempo y de tanto cruzarnos en el rellano, acabamos cogiéndonos cariño, tal vez por el abuelo que perdí, tal vez  por la hija que no tuvo.
El día antes de las vacaciones de verano, lo vi bajar por primera vez en el ascensor. Llevaba una sola bolsa de basura. “Demasiado grande”, pensé.
―Buenas Armando ―dije.
―Buenas noches señorita. ―Su voz sonó grave, dolorida.
―Está usted bien ―pregunté preocupada.
―Verá señorita, hoy es mi último día ―Me sorprendí pero no dije nada―. Doña Pepita habló con los del Club. Rechazaron mi solicitud. ―Vi como una lágrima resbalaba entre las arrugas de su rostro. Tiró con fuerza de la bolsa que chocó violentamente contra el escalón de la entrada. Afortunadamente no se rompió.
            Al día siguiente yo volvía al pueblo y pasé para despedirme de Doña Pepita. Nadie abrió la puerta.