viernes, 16 de marzo de 2012

EL TRAGUITO

― La culpa fue de mi curiosidad y bueno, un poco de glotonería―, dijo relamiéndose, y comenzó su historia.

«Mi padre y sus amigos siempre estaban allí. Y cuando salían eran diferentes. Se les veía más felices, más fuertes, más hombres. Y yo quería probarlo.

Entré cuando vi salir al viejo, antes de que llegaran los mayores. La olla donde preparaba aquel bebedizo estaba en medio de la sala, pero demasiado alta. Cogí un banquito y me subí con el cazo en la mano. Olía muy fuerte. Me acerqué, perdí el equilibrio y caí de bruces. Mi boca se llenó de aquel líquido dorado. Se coló por mi nariz cosquilleándome con la espuma. Picaba en la boca y tragué, sacando la cabeza para respirar, los ojos se me llenaron de chiribitas, lo veía todo amarillo.

Fue sólo un traguito. Un buche amargo y delicioso que me burbujeaba en el paladar precipitándose a saltos hacia la garganta, como si no supiera el camino. Notaba los golpes pequeños y desordenados y sonreía sin razón alguna. Conforme la bebida viajaba camino del estómago las chispitas vibrantes se iban multiplicando, estallando sin control, al igual que las carcajadas que escapaban de mi boca. Me palpitaba el pecho, tan fuerte como después de ver a las chicas bañándose en el río o incluso más.

Poco a poco, en un segundo que me pareció una hora, un calor inmenso se empezó a apropiar de mí a medida que el líquido se extendía por mi cuerpo, paseándose por mis brazos, mis dedos, mis uñas. Me temblaban las rodillas y empecé a marearme. El sabor amargo y picante quemaba en mi interior como una horda de hormigas carnívoras, desde mi boca seca y esponjosa hasta los pies mojados en la olla. Quería saltar, brincar, correr hasta más allá del bosque y gritar sin parar hasta el confín del mundo. El bebedizo me empujaba desde lo más adentro del ombligo, una masa líquida con vida propia.

Notaba la tripa llena, incapaz de ingerir una gota más. Y le di otro sorbito. En ese momento entró el viejo. Todo el líquido se disparó al unísono a la velocidad del rayo. Cortaba y rajaba. Mis brazos empezaron a estirarse, las manos empezaron a crecer, la cabeza me pesaba y propulsado por la fuerza incontrolada del segundo trago, pegué el estirón.

El viejo me sacó de la marmita por las orejas y me prohibió volver a beber ni una sola gota más. De eso hace ya tres años y el líquido lo tengo aún dentro, siempre haciendo cosquillas y lanzando chispitas. Es por eso que soy tan fuerte. ¡Y con sólo doce años! ». Concluyó mientras cogía de nuevo aquella enorme piedra sin dejar de sonreír.

Astérix frunció el ceño. No creía ni una palabra de la historia de Obélix, su nuevo amigo. Aún así, decidió acompañarlo a conocer al Druida. En el fondo, él también sentía curiosidad por aquella extraña poción mágica. Y quién sabe, a lo mejor el viejo le dejaba dar al menos un traguito.