viernes, 20 de enero de 2012

Paso a nivel


Lo recuerdo lejano. Un zumbido penetrante y ensordecedor que se enroscaba por dentro, vibrando en un remolino de caos instantáneo. Su tintineo incesante me asaltaba cada mañana camino del Instituto, era nuestro cronómetro de llegada, nuestra marca de control. La sirena del paso a nivel alertaba de la llegada del tren, nos mantenía puntuales para llegar a clase, había que estar en el punto justo en el momento que caían las barreras, luego sólo esperar y ya estábamos.
Recuerdo claramente la última vez que lo oí. Era el último día de curso, justo antes de empezar a prepararnos para la selectividad. Lala y yo caminábamos nerviosas: miedos, sueños, príncipes azules, despedidas, comienzos, el futuro. De lejos, el traqueteo inconfundible del tren, su rascar de hierro y madera contra las vías, entre los álamos plateados, rompiendo la quietud de la mañana veraniega, rasgando el incipiente sopor. De pronto, el vaivén de la sirena, su voz aguda y alarmante, su molesto repiquetear de cada jornada, su habitual aviso de paso a nivel, pero esta vez sonaba demasiado pronto. Comenzamos a correr entre risas y peros, aún discutiendo de quién era la culpa. Cuando alcanzamos las vías no había ni rastro de sirena, vago eco seco en nuestros oídos. Llegamos tarde a clase.
Nunca más volví a aquel lugar. Fue sólo después de terminar la Universidad cuando regresé, sólo entonces volví a rememorar aquel camino que durante cuatro años había recorrido en mañanas desmemoriadas. El paso a nivel ya no estaba. La aparición del tren de alta velocidad acabó con aquel Cercanías de pueblo. La estación se cerró, las vías se abandonaron, la sirena se ahogó y un sordo silencio estival sustituyó al latir de la máquina.
Ahora, estoy exactamente en el mismo lugar, en el punto justo donde Lala y yo nos gritábamos verdades cobijadas por la algarabía ruidosa del rugir del tren. Si cierro los ojos puedo sentir el silbido de los vagones contra mi rostro, el naranja de la alarma que ensordece las promesas adolescentes, el caos estridente e insoportable, tan familiar que parece la riña litúrgica de un abuelo gruñón. Sin saber por qué el corazón me da un vuelco, me late con fuerza, tengo los carrillos encendidos y las lágrimas gotean por mi nariz, atragantándose mis palabras. Sonrío y pienso en Lala, ¿qué habrá sido de ella?
Continúo despacio sobre los raíles muertos, haciendo crujir la madera bajo mis pies, sorteando margaritas y amapolas invasoras que se cuelan juveniles entre los hierros del pasado.