miércoles, 26 de diciembre de 2012

D'amour en amour



- Qu'est qu'il y a dans ta bouche chèri?-demandait elle.

- Des mensonges -sourit lui.



jueves, 19 de julio de 2012

La piscina


Armando era de los pocos que quedaban en su profesión, hecho a la antigua, con esa mirada mansa de los que siempre han mantenido la cabeza gacha. Tenía el pelo cano y ondulado, las manos algo toscas y el talante dispuesto. Era su último verano antes de jubilarse y por fin había ahorrado lo suficiente para acceder al abono mensual del Club Deportivo: piscina, pistas de paddle, canchas deportivas, zona de recreo y terrazas. No era fácil hacerse un hueco entre tanta gomina, zapatos castellanos y polos Lacoste, pero el dinero todo lo puede.
―Señorita ―me decía―, en esta ciudad el verano no se puede pasar si no es en remojo.―Yo me mordía la lengua, porque aquella idea de la piscina colectiva me ponía los pelos de punta, por mucho standing que pudiera tener no era más que agua estancada con un montón de extraños.
         En nuestra comunidad no había piscina. Era un edificio de dos plantas. Lo que antes eran dos viviendas ahora albergaba a tres vecinos y la clínica de Don Carlos, el hijo de la propietaria del inmueble, mi vecina y arrendataria: Doña Pepita. Doña Pepita tenía una interna vestida con cofia y delantal, una señora de unos cuarenta años con quien me cruzaba los domingos por la mañana, cuando yo llegaba de fiesta y ella salía de día libre, un día libre por semana, los domingos, siempre y cuando Doña Pepita no se encontrará mal y hubiera que acompañarla a misa. A la señora le gustaba exhibirse entre sus congéneres acompañada del servicio, sobre todo, cuando el obispo oficiaba en San Nicolás, cuánto más cofia y más almidón, más postín. Pero volviendo a Armando. Al principio, recién llegada con dos amigas a aquel apartamento del centro, a penas cruzábamos unas palabras.
―Señorita ―me insistía―, deje la basura en la puerta que ya la tiró yo.
―Ni qué estuviera manca ―respondía yo con orgullo obrero y me llevaba mis despojos.
―Es mi trabajo señorita ―pronunciaba levantando la barbilla en una reivindicación de grandeza. Luego, le abría la puerta del ascensor a Doña Pepita y él subía por las escaleras para recoger las bolsas negras. Con el tiempo y de tanto cruzarnos en el rellano, acabamos cogiéndonos cariño, tal vez por el abuelo que perdí, tal vez  por la hija que no tuvo.
El día antes de las vacaciones de verano, lo vi bajar por primera vez en el ascensor. Llevaba una sola bolsa de basura. “Demasiado grande”, pensé.
―Buenas Armando ―dije.
―Buenas noches señorita. ―Su voz sonó grave, dolorida.
―Está usted bien ―pregunté preocupada.
―Verá señorita, hoy es mi último día ―Me sorprendí pero no dije nada―. Doña Pepita habló con los del Club. Rechazaron mi solicitud. ―Vi como una lágrima resbalaba entre las arrugas de su rostro. Tiró con fuerza de la bolsa que chocó violentamente contra el escalón de la entrada. Afortunadamente no se rompió.
            Al día siguiente yo volvía al pueblo y pasé para despedirme de Doña Pepita. Nadie abrió la puerta.

jueves, 10 de mayo de 2012

Viaje a la luna


Valentina lenvantó la vista despistada. Vladimir la miraba interrogante tras sus gafas de concha negra. Valentina confesó que se había enamorado perdidamente de Tolstoi. Julia sonrió, desde que, una semana antes, su amiga había conocido al ingeniero, andaba siempre en las nubes.

El tiempo corría en su contra. Tenía sólo un fin de semana antes de que él se marchara, antes de que ella y sus dos compañeros iniciaran la misión, pero Valentina no se atrevía a insinuarse.

Vladimir tomó la iniciativa, levantó el grueso teléfono de la sala de reuniones y marcó el número del móvil de Tolstoi.

―¿Tolstoi? Soy yo, Vladimir. Tenemos un problema de última hora, necesitamos tu consejo. Tan sólo que supervises unos planos ―con el auricular levantado las dos mujeres seguían de cerca las excusas de Tolstoi.Lo sé compañero, sé que te marchas al extranjero, ya sé que estás con los preparativos...lo entiendo el joven contestaba apresurado.― Claro, claro, tu compañero Petrov también nos sería de gran ayuda. No te preocupes le diré a Julia y Valentina que vendrá él.

― ¿Valentina? dijo la voz con sorpresa, al otro lado del teléfono.― ¿Ella también está en el proyecto? ―su tono había tomado otro matiz, más armonioso y delicado, suave y espectante.― ¿Puedo hablar con ella?―preguntó presuroso.

Vladimir le pasó el auricular a Valentina que a penas podía controlar el batir tembloroso de su labio inferior.

Hola ―dijo ella como toda respuesta, tímida y acelerada.

¿También te vas? ―susurró Tolstoi apenado.

Sí. Nos vamos los tres. El martes salimos para la Luna ―dijo, dejándose llevar por el deseo de los besos delineantes del ingeniero, por su sonrisa estrusca de vocales semi-abiertas, por el momento carnal de una única noche, por el sigiloso guiño de poeta recién llegado.

Valentina lenvantó la vista despistada. Vladimir la miraba interrogante tras sus gafas de concha negra. Valentina descubrió de repente que aún le quedaban fantasías por cumplir pero era demasiado perezosa. Julia inició el repaso del viaje a la Luna, cada detalle era importante, en dos días desembarcarían en el satélite.
El despegue fue un éxito. El ingeniero Tolstoi presenció el acontecimiento en su nuevo despacho del extranjero. Sentado en su blanco sillón miraba el cohete con la mente perdida en los pechos de Valentina.









lunes, 16 de abril de 2012

La patria verdadera

Una mano en el pecho no significa nada.
A menos, claro está, que la mano y el pecho sean de distintas personas.


Texto: Libertad Morales
Foto: Laura Cabrera

viernes, 16 de marzo de 2012

EL TRAGUITO

― La culpa fue de mi curiosidad y bueno, un poco de glotonería―, dijo relamiéndose, y comenzó su historia.

«Mi padre y sus amigos siempre estaban allí. Y cuando salían eran diferentes. Se les veía más felices, más fuertes, más hombres. Y yo quería probarlo.

Entré cuando vi salir al viejo, antes de que llegaran los mayores. La olla donde preparaba aquel bebedizo estaba en medio de la sala, pero demasiado alta. Cogí un banquito y me subí con el cazo en la mano. Olía muy fuerte. Me acerqué, perdí el equilibrio y caí de bruces. Mi boca se llenó de aquel líquido dorado. Se coló por mi nariz cosquilleándome con la espuma. Picaba en la boca y tragué, sacando la cabeza para respirar, los ojos se me llenaron de chiribitas, lo veía todo amarillo.

Fue sólo un traguito. Un buche amargo y delicioso que me burbujeaba en el paladar precipitándose a saltos hacia la garganta, como si no supiera el camino. Notaba los golpes pequeños y desordenados y sonreía sin razón alguna. Conforme la bebida viajaba camino del estómago las chispitas vibrantes se iban multiplicando, estallando sin control, al igual que las carcajadas que escapaban de mi boca. Me palpitaba el pecho, tan fuerte como después de ver a las chicas bañándose en el río o incluso más.

Poco a poco, en un segundo que me pareció una hora, un calor inmenso se empezó a apropiar de mí a medida que el líquido se extendía por mi cuerpo, paseándose por mis brazos, mis dedos, mis uñas. Me temblaban las rodillas y empecé a marearme. El sabor amargo y picante quemaba en mi interior como una horda de hormigas carnívoras, desde mi boca seca y esponjosa hasta los pies mojados en la olla. Quería saltar, brincar, correr hasta más allá del bosque y gritar sin parar hasta el confín del mundo. El bebedizo me empujaba desde lo más adentro del ombligo, una masa líquida con vida propia.

Notaba la tripa llena, incapaz de ingerir una gota más. Y le di otro sorbito. En ese momento entró el viejo. Todo el líquido se disparó al unísono a la velocidad del rayo. Cortaba y rajaba. Mis brazos empezaron a estirarse, las manos empezaron a crecer, la cabeza me pesaba y propulsado por la fuerza incontrolada del segundo trago, pegué el estirón.

El viejo me sacó de la marmita por las orejas y me prohibió volver a beber ni una sola gota más. De eso hace ya tres años y el líquido lo tengo aún dentro, siempre haciendo cosquillas y lanzando chispitas. Es por eso que soy tan fuerte. ¡Y con sólo doce años! ». Concluyó mientras cogía de nuevo aquella enorme piedra sin dejar de sonreír.

Astérix frunció el ceño. No creía ni una palabra de la historia de Obélix, su nuevo amigo. Aún así, decidió acompañarlo a conocer al Druida. En el fondo, él también sentía curiosidad por aquella extraña poción mágica. Y quién sabe, a lo mejor el viejo le dejaba dar al menos un traguito.

viernes, 20 de enero de 2012

Paso a nivel


Lo recuerdo lejano. Un zumbido penetrante y ensordecedor que se enroscaba por dentro, vibrando en un remolino de caos instantáneo. Su tintineo incesante me asaltaba cada mañana camino del Instituto, era nuestro cronómetro de llegada, nuestra marca de control. La sirena del paso a nivel alertaba de la llegada del tren, nos mantenía puntuales para llegar a clase, había que estar en el punto justo en el momento que caían las barreras, luego sólo esperar y ya estábamos.
Recuerdo claramente la última vez que lo oí. Era el último día de curso, justo antes de empezar a prepararnos para la selectividad. Lala y yo caminábamos nerviosas: miedos, sueños, príncipes azules, despedidas, comienzos, el futuro. De lejos, el traqueteo inconfundible del tren, su rascar de hierro y madera contra las vías, entre los álamos plateados, rompiendo la quietud de la mañana veraniega, rasgando el incipiente sopor. De pronto, el vaivén de la sirena, su voz aguda y alarmante, su molesto repiquetear de cada jornada, su habitual aviso de paso a nivel, pero esta vez sonaba demasiado pronto. Comenzamos a correr entre risas y peros, aún discutiendo de quién era la culpa. Cuando alcanzamos las vías no había ni rastro de sirena, vago eco seco en nuestros oídos. Llegamos tarde a clase.
Nunca más volví a aquel lugar. Fue sólo después de terminar la Universidad cuando regresé, sólo entonces volví a rememorar aquel camino que durante cuatro años había recorrido en mañanas desmemoriadas. El paso a nivel ya no estaba. La aparición del tren de alta velocidad acabó con aquel Cercanías de pueblo. La estación se cerró, las vías se abandonaron, la sirena se ahogó y un sordo silencio estival sustituyó al latir de la máquina.
Ahora, estoy exactamente en el mismo lugar, en el punto justo donde Lala y yo nos gritábamos verdades cobijadas por la algarabía ruidosa del rugir del tren. Si cierro los ojos puedo sentir el silbido de los vagones contra mi rostro, el naranja de la alarma que ensordece las promesas adolescentes, el caos estridente e insoportable, tan familiar que parece la riña litúrgica de un abuelo gruñón. Sin saber por qué el corazón me da un vuelco, me late con fuerza, tengo los carrillos encendidos y las lágrimas gotean por mi nariz, atragantándose mis palabras. Sonrío y pienso en Lala, ¿qué habrá sido de ella?
Continúo despacio sobre los raíles muertos, haciendo crujir la madera bajo mis pies, sorteando margaritas y amapolas invasoras que se cuelan juveniles entre los hierros del pasado.