domingo, 20 de noviembre de 2011

DOMINGO


Una luz incipiente se filtra a través de las cortinas cerradas. Sin abrir los párpados giro en la cama evitando la claridad. Mis manos se aferran al edredón destemplado. Un gemido y aprieto la cara contra la almohada buscando el cuerpo ajeno. Ausencia. Lejanos ruidos de una cisterna. Arturo ya se ha levantado. Breve escalofrío, anudo los pies entre las sábanas, su interior es cálido, esponjoso, me dejo acurrucar por el calor acumulado de la noche. Noto una leve ráfaga de viento que enfría mi nariz. Crujir en la puerta del armario, sin llevar a verlo puedo percibir la sombra de Arturo cogiendo los pantalones, la camisa, la corbata azul. Se sienta en la cama para calzarse. Me cubro un poco más. La habitación se vuelve sombría, helada. Arturo debe de estar en la cocina, oigo el bullir de la cafetera. Cambio de postura, dejo que la luz me inunde la cara, se enrojezca contra mis ojos, me devuelva el calor del verano. Respiro el aire cargado de café recién hecho, de pan tostado, de desayuno. No quiero despertar, me dejo invadir por las sensaciones del pasado verano: Unos rayos de sol dorándome el rostro; las manos de Arturo vibrantes contra mi cuerpo desnudo, su piel cálida bajo las sábanas; la brisa marina colándose en la habitación blanca; el sonido de los árboles meciéndose en el exterior; besos de mermelada cosquilleándome la espalda. Sin abrir los ojos, me acuno en la suavidad de las manos de Arturo, en la tranquilidad de mi cabeza en su pecho, en el despertar cuajado de placer… Un ruido me desvela, intento retomar la delicadeza perdida, el momento perfecto entre la vigilia y el sueño. Abro los ojos a la luz fría del invierno. Llamo a Arturo pero mi voz aún dormida se pierde en la garganta. Destemplada me levanto hundiendo los pies en las pantuflas de lana gris. Tras la puerta del dormitorio silencio. No me atrevo a pronunciar su nombre. Un olor a perfume de hombre persiste en el aire. Ni rastro del breve desayuno. Ya nada volverá a ser como antes.

miércoles, 24 de agosto de 2011

Sin azul


Hoy el día es gris, del gris sin azul de los domingos de invierno.

Hoy es domingo, un domingo de ciudad olvidada, de cóckteles de diseño y resacas de salón.

Hoy es imposible disfrutar de la brisa, del olor a mar y las dulces coincidencias de libélulas juguetonas que hondean banderas de la paz.

Hoy los recuerdos se convierten en negras pesadillas que se clavan vacías en las entrañas del alma, más profundos que los cielos sin estrellas, más negros que los grises sin azul.

Hoy las cuerdas arañan como entretelas de lágrimas sin derramar, se cuelgan del cuello como anclas pesadas que te hunden y te retrasan, te detienen, te matan. La tristeza se contagia como una enfermedad incurable y se extiende cual marabunta implacable en la solitaria tarde de domingo.

Hoy el frío se cuela como el viento, oscuro y ostentoso, vengativo como un niño humillado, hiriente como las cuchillas del desquiciado, abandonado como el amante de una mujer casada. Sopla el frío, aburrido e infantil, perverso como los recuerdos olvidados.

El cielo se pinta de nubes, el día no consigue nacer.


lunes, 11 de abril de 2011

El vuelo hacia las estrellas

En memoria

Estamos solos. Cuando llegamos al mundo nuestras madre nos sujeta fuertemente por el cordón umbilical, pero se rompe y quedamos sin agarres ni fijaciones, listos para empezar nuestra carrera solitaria hacia la muerte. Una muerte que a veces llega sin avisar, en una cruda madrugada de diciembre, sin un mísero teléfono para llamar; otras se hace esperar, cruel y putrefacta, se va dejando entrever, colándose nociva bajo la piel, destruyendo recuerdos, apisonando vida, una vida que se convierte en fósil viviente, como un opilión en la negrura de un túnel a punto de perecer. Pero nada es eterno, ni siquiera el dolor. Y cada vez duele menos, o duele igual o incluso más, aunque uno se acostumbra a los golpes del alma y cuando rompe el llanto, son lágrimas de rabia, lágrimas de impotencia. De vez en cuando llega la calma en la tormenta, se aplaca la angustia y nos adormece la paz de las imágenes compartidas, esos retazos de memoria que fueron nuestros, esas voces del pasado que se graban para siempre en algún punto inconcreto de nuestro organismo, subsistiendo más allá del acto de recordar. Mares de la tranquilidad en los que la mente navega, perdonados los pecados, limpias las almas, con la barba de Caronte rozándote la mejilla.
Polvo somos, polvo de naranjos que un día podamos, comiendo sus frutas invernales, mientras el fuego chirriaba en la chimenea que mañana volverá a arder en las cenizas; en las fotos amarillas de viajes infinitos, de carreteras infantiles y guías de trotamundos, de campings de verano y restaurantes imposibles, de madrugadas con leche en polvo, de lluvia, de sol, de castillos de arena, de acantilados hermosos, de rutas planificadas al detalle, cual hoja de oficinista. Allí estaremos todos, como si el tiempo no pasase, como si la muerte no pudiera tocarnos, inocentes y felices, porque ésta es la única vida que tenemos y más allá sólo queda la memoria de los presentes.
¡Qué bien se come en Palma del Río!




Gracias a mi tío César por la frase que dio título. "Emprendió el vuelo hacia las estrellas".

domingo, 10 de abril de 2011

La cruz de Nina

Nina cogió el bote de pastillas. Había perdido 3 kilos en las últimas dos semanas, pero el pantalón seguía sin cerrar. Comenzó a tener escalofríos, muy leves, como una brisa helada y fugaz montando desde los pies a la nuca. El plazo para pagar la hipoteca había vencido, tenía números rojos por tercera vez en el mes. Se sintió mareada, pensó que se caía de la silla. Por la mañana se levantó agotada, sueño acumulado de las tres últimas semanas, no tenía ganas de salir, de sentir el sol. Miró su imagen deformada en el espejo, se notaba las arrugas, las manchas de la piel, la falta de color. Hacía tres horas había discutido con su novio, aún tenía los ojos hinchados, las lágrimas secas como gotas de sal en las piedras del faro. Notó una punzada en el estómago:nauseas. La prueba de embarazo había dado negativa, se alegraba tristemente. Vomitó, comenzó a vomitar pastilla a pastilla, sin poder reprimir la vida que regresaba. Tres pastillas quedaron dentro, tres cápsulas rojas y blancas que la hicieron dormir.
Se despertó confusa. Miró el bote de pastillas con mirada borrosa. Nunca nada le salía bien.

sábado, 2 de abril de 2011

La realidad y el deseo

A veces me siento como una Charlize Theron culaquiera en juegos de mujer; otras, una simple y diminuta figura de carne flácida perdida en un universo demasiado grande para seguir.
Vivir en sociedad, en un mundo que nos une a todos y en el que debemos participar. No lo sé. Me siento cómoda en mi pequeño rincón diseñado a medida y alejado de miradas indiscretas que lo quieren cambiar. ¿Por qué conformarse con la realidad que los demás nos muestran? ¿Por qué no crear nuestro propio universo y vivir en él, ajenos a cuanto sucede fuera?
La Isla se convierte en el escenario perfecto para imaginar nuestro propia creación, para diseñar a nuestro gusto la vida que queremos vivir. Salir de aquí te devuelve a bofetadas a aquello que no queremos ser y que aguantamos tan sólo unos breves segundos, como en un sueño del que sabemos vamos a despertar.
¿A dónde nos lleva la búsqueda? ¿Hacia dónde caminamos cada uno de nosotros? Envueltos todos en una neblina opaca a los otros, lúcida en ocasiones, engañosa siempre. Las realidades paralelas de un mismo tiempo vivido, las muchas realidades y las cientos de verdades o más de mil mentiras. Ninguno sabemos a qué sabe el mundo real, porque el mundo real, si es que existiera, está cegado por la mirada miope de nuestra subjetividad, de nuestros deseos que lo transforman en una visión individual, única, indescriptible.
Nadie está a salvo de sí mismo.

domingo, 13 de febrero de 2011

30 EUROS DE ESCAPADA: PAELLA, BESOS Y SNOW.

Coger una maleta de mano, un fin de semana y un vuelo de bajo coste puede resultar un plan perfecto de última hora.

Viernes.
9:30 de la mañana Fuerteventura-Valencia. Me cargo con unos leggins, una falda, un vestido y un par de camisetas, gorros de lana, guantes y un queso majorero. En Valencia hace calor. Estamos Miguel y yo al sol, quitándonos abrigos y calcetines, bueno los calcetines sólo me los quito yo. Su cuñado nos recoge del aeropuerto, dirección Castellón. Dejamos atrás la Albufera, vista aérea de parcelas acuáticas junto al mar, de edificios insolentes en el filo de la costa. Nos acompañan campos de naranjos, reminiscencias de mi tierra. Montañoso paisaje con el Peñagolosa al frente, pico de más de 1.240 metros y lo olvido (los 600 metros de más). Llegamos al pueblo, una barriada de Castellón con casas bajas de gentes de otros sitios, con higueras, con olivos, con el café de cada mañana en el bar de abajo, con las amigas del parque de la iglesia. Comemos cocido, cocido como el de casa, con su caldo blanco, sus garbanzos tiernos, su calor cercano y echo de menos la pringá, esa carnita magra con tocino fresco y pollo hervido para mojar con pan tras el buen plataco de cocido. Me podría acostumbrar.
La tarde pasa rápido y llega la noche en Benicassim, una maleta perdida y Juanito se deja las llaves en el apartamento. Risas verdes en el frío marino. Dejamos de ser adultos. La playa se distingue de lejos, no huelo a mar. Ciudad vacía, esqueletos desnudos al invierno, avenida sombría de bares cerrados. Camino de regreso y pizza casera para llenar el alma antes de dormir.

Sábado.
10:00 de la mañana. En la huerta de la infancia la autopista se ha comido los naranjos. Los árboles sobreviven entre alambradas y piche, bajo el humo de las fábricas de Porcelanosa, junto a la ciudad que crece hacia el mar. La tierra huele a nueva a pesar de las desdichas. Davide y Luna nos saludan afables y agradecidos, comiendo mandarinas y acechando para huir, para dar una carrera y sentirse libres, pero nadie es libre bajo el yugo de la humanidad. Un rápido paseo al puerto, visitando al barco fuera del agua, tostado de hierro y óxido, naciendo de sus cenizas para volver un día a surcar los mares. Otra mandarina antes de ir a casa a comer la paella. Gambones. Pollo, conejo y azafrán con un chorreón de aceite. Se echan las verduras: alcachofas, ajito, habitas y el tomate (seguro he olvidado más). Sofrito largo sobre el fuego de leña. Litros de agua que se deja hervir en una media hora y luego el arroz, todo un reto con las llamas indomables. Un plato delicioso que se hace esperar mientras tomamos el sol, unas cervezas, unos besos a hurtadillas y la cera se extiende sobre la tabla de snow para mañana ir a la nieve.
Soy lenta comiendo y aún más cuando me gusta, así que no llego al segundo plato de paella pero engullo la tarta romántica como si fuera mi único amor en el mundo. De sobremesa un vasito de barro con ron y café, canela y limón, la llama arde quemando el alcohol y sabe dulce, a tarde de domingo, a invierno peninsular. Me podría acostumbrar.
Nos acostamos temprano con el sabor de la cena en los labios: tortilla toledana con filetes de las llanuras manchegas para acompañar el quesito majorero, las mandarinas castellonenses y el recuerdo inmaculado de la paella, del cosquilleante socarrat. Los sueños saben a besos.

Domingo.
Hora indeterminada de la mañana. Otra vez me voy sin desayunar. Paramos en un bar de carreteras, el último pueblo de Castellón, en la frontera con Teruel. Olor a pan, a jamón serrano, a trufas cultivadas, a bollos de bollería de verdad, a todo tipo de cosas que me quiero llevar a la boca. Me como una longaniza seca, rica y grasienta, luego me mareo y como algo de donut de chocolate, para equilibrar. Subimos las montañas secas de nieve, domingueras y arboladas, cansadas de acoger esquiadores, surferos de invierno, skater sin ruedas. Desde la parte de atrás de la pick-up mis ojos giran las curvas rumbo a la estación de Javalambre. El paisaje cambia, cubriendo de nieve la tierra marrón de matorral y pino.
Pista de principiantes. Solita me deslizo de lado a lado, ni una caída, ni una duda, un millón de sensaciones encontradas, de odios que resurgen en el recuerdo, de besos que me calman las heridas añejas. Bocadillo de pan amb tomaquet i pernil para chuparse los dedos y deshidratarme las siguientes dos horas de remonte y descenso. Soy feliz, tan feliz y segura que me lanzo a pistas más lejanas pero me llega la cobardía, seamos sinceras, el miedo a hacer el ridículo y bajo a pluma y luego con el culo en la nieve. Me quedo en la pista de principiantes. No me quiero ir, consigo hacer el giro.
El día se acorta, la tarde se alarga con las manos en un paquete de doritos, bebiendo reconstituyentes verdes y galletas de chocolate. Regresamos en un viaje al pasado. Un viaje de ciudad menos ciudad, de barrio más malo y de ojos inocentes que se llenan de nostalgia. Miguel me muestra el Grapa, me señala las collas, los campos inexistentes, el parque, la zapatería, su antigua casa…Me imagino a un niño de pantalones cortos, raspándose las rodillas encima de las ramas naranjeras, paseando en bicicleta rumbo a las huertas, bañándose en la fuente de verano; el adolescente se mete en la colla, bebe, fuma, pierde el norte hacia el bacalao y amanece en un párking de algún centro comercial, de la propia discoteca, de las afueras del mundo. A veces me es imposible creer algunas historias. Llega la despedida, las lágrimas contenidas, el sentimiento del padre, el adiós de la madre, el beso de la hermana, el abrazo del hermano. Me podría acostumbrar pero echo de menos a los míos.

Lunes.
4:30 de la madrugada. Juanito nos despierta prudente. La bufanda se adhiere a mi cuello en el frío de la buhardilla, en la resaca de la humedad nocturna. Me desprendo del taper de paella muy a mi pesar, Ryanair es estricta con el peso, yo ya he engordado dos en el fin de semana. Napolitana de crema y té a las 5:30 de la mañana. Llega el avión. Nos vamos. Hermosas vacaciones anticipadas.

viernes, 28 de enero de 2011

Jueves de manifestaciones

Hoy me puse las greñas de bruja de Tindaya. Me subí a la escoba y me tomé media botella de tinto mientras devoraba onzas de chocolate y almendras crudas. Despotriqué de todos y todas las cobardes, de los especuladores y los idiotas. Me acosté con Sabina y recordé los besos que daría, las lenguas que me hicieron soñar y las bocas que quiero olvidar. Te odié hasta emborracharme y me aterroricé. Esperé a que llegara la locura, pero sólo llegó un sms.

jueves, 27 de enero de 2011

Ceguera



Cuesta tanto creer que es increíble creer como a veces nos creemos tan rápido las cosas.

miércoles, 26 de enero de 2011

OJOS, LENGUA, CORAZÓN

Eran tiempos de guerra, de luchas entre el norte y el sur, de muros levantados y lanzas defensoras. Eran tiempos en los que la palabra no servía pero se escuchaba la voz del susurro, la voz de Tibiabín, la que reza a los astros y lee en los vientres de las cabras. Sus melodías se sentían en noches de luna llena, cuando Tindaya se iluminaba bañada en pureza, transformando su piedra de montaña en la esencia sagrada de los moradores de la Isla. Los majos caminaban al atardecer rumbo a las sacerdotisas, dejándose mecer por los últimos rayos de luz solar. El cortejo subía a Tindaya acompañado a los reyes, mientras el pueblo esperaba las sabias respuestas de la bruja Tibiabín, de su justa hija, la bella Tiamonante.

En lo alto de la sagrada atalaya de piedra los nobles esperan. Hoy la tarde se viste de malos augurios, todos lo saben, confían en que los espíritus no pronuncien la profecía. Cada miembro del consejo ocupa su lugar, sobre las huellas talladas en el suelo, en la magia de la blanca roca. Pies de adulto, pies de niño, padres e hijos que suceden a sus ancestros en una herencia que está a punto de perecer. Ninguna mujer, ninguna madre creadora de vida, sólo Tibiabín y Tiamonante, las brujas de la Maxorata y Jandía, las sacerdotisas de Tindaya.

La moira chasquea su lengua muerta, el astro sol se zambulle en las aguas. Silencio, sólo las runas manchadas de sangre contra la piedra. El susurro de los espíritus se eleva en el frio de la cumbre. El consejo espera nervioso la llegada de la plena Luna. La hermosa diosa asciende enorme desde su morada, desde la Isla de las Bestias. Los reyes la miran de frente, desafiantes, apostados a sólo unos metros de las dos mujeres. Tibiabín posa su vieja mano sobre las marcas de las runas, sus ciegos ojos olisquean los huesos de cabra que hablan del futuro, su boca susurra al oído de Tiamonante. La joven de pelo negro toma la palabra, lee los presagios en los ojos ciegos de su madre. Nadie respira.

La diosa se hace presente en el cuerpo de Tamonante, su rostro se transforma con surcos de sabiduría, con la palidez de la Luna. El viento se encabrita en la cima. La voz profunda de luz se eleva contra el cielo. Negras nubes se ciernen sobre la montaña. El terror preña la mágica piedra. La oscuridad se apodera de los presentes. La boca de la joven pronuncia la profecía de los espíritus.

'Tindaya se revolverá en el dolor. Llorará abandonada por su pueblo. Los efequenes serán asesinados con signos traídos de otras tierras. Los gobernantes triturarán las entrañas de sus gentes, de sus muertos, de su alma y la entregarán a cambio de riquezas que no necesitan. Se romperán los hilos que anudan la grandeza de los tiempos y la cultura se someterá al poder. La diosa se transformará en mito, las brujas serán sólo una leyenda, el mundo perecerá en las manos de quienes afirman protegerlo.'

“Ojo, lengua, corazón”, resume la voz de la diosa con palabras humanas de sentencia, pero los reyes no quieren escuchar a quienes les acusan.

Dos hombres se aproximan al altar. Madre e hija no se resisten, tienen el poder del conocimiento que las libera del miedo. Los reyes dan la señal. Gritos apagados en los presentes. Nadie osa contradecir decisiones reales. La piedra se tiñe del rojo que acallará las voces. Caen ladera abajo las cabezas de las brujas, de las mujeres profetas, de las traidoras del pueblo. Sus cuerpos quedarán abandonados, sin enterramiento, Tindaya será su tumba, silenciosa y desnuda. Nadie volverá a la cima. Darán la espalda a la matanza, a las entrañas abiertas de la tierra.

Los guirres desangran el ojo ciego de Tibiabín, la lengua justa de Tamonante, el corazón de Tindaya.