miércoles, 22 de septiembre de 2010

Il bùio delle streghe


A Paolo, Ilaria y Simona

Conchitas pequeñas y menudas tintinean en mis bolsillos, el sabor a trufa de chocolate me envuelve la boca.
El hombre marino ha abierto su caja de las palabras, que se enredan bailarinas en el jardín de la memoria. Llueve. la niña morena está preparando mijo con lentejas, su sabor picante suaviza la noche iluminada. Hierve la sopa, llegan los invitados y la casa se hace nuestra frente a una chimenea de cuentos y tisanas. Hablamos en mi lengua, con acentos extraños; inventamos sonidos; el tiempo se detiene. La tarde huele a película francesa, a campo mojado, a baldosas de rojos de libélula.
El mundo transcurre en una camioneta con vistas al infinito. La niña morena pinta de naranja las campanas del aire, la sigo de cerca pero, a veces, me pierdo jugando con el cacao en nata del cappuccino, cada vez más lejano. El camino de vuelta se llena de bosques encantados, de olivos que miran a la luna, de contadores de cuentos africanos.
Tortellini funghi porcini con mantequilla y savia nos deleitan el momento y me duermo en el cine. Una cámara fija y dos barras de baile.
La ventana de soles se abre a la mañana, plena de pan y aceite. Desayunos profundos que cosquillean el alma con las manos empapadas en jugo de tomate. Camino de la magia recogemos a un ángel: curiosidad en los ojos, carne blanca de alabastro. El hombre marino tiene piel de bosque y anda entre la historia con voz de Ent antiguo, de civilización perdida. Nos enseña sus mundos y la niña morena se hace sirena en piedra, las pupilas del ángel recogen el instante. Yo los miro de dentro y me sale la risa, la risa más profunda que un abismo de hadas, la risa pura y limpia de la plenitud.
La oscuridad se acerca de almendra y cacahuete, de ladrones de vírgenes y jabalíes feroces. El vino se comparte, de boca en boca viaja, mientras las hondas vibran en el vientre lejano de una meditación. Le robamos el camino a la noche y asaltamos la torre pero los boy-scouts no abren candados con horquillas de todo a cien. El balcón sobre el paraíso se extiende en la oscuridad, para volver vencidas a la casa del mago, a soñar con estrellas y banderas de playa que suena a Chopin.