jueves, 22 de abril de 2010

El hombre del saco

A Nor, su madre nunca le levantó la mano. Cuando hacía algo malo le reñía, a veces lo castigaba. Si hacía algo bueno le hacía mimitos y carantoñas, lo colmaba de abrazos. Luego llegó él. Tenía ojos azules, boca de seda, besos alados. Su madre se enamoró, tan locamente como sólo los desesperados pueden hacerlo. Él decía cosas bonitas, nunca traía regalos pero le acariciaba el pelo y la hacía gemir. Nor se despertaba algunas noches asustado y su madre lo tranquilizaba, todo iba bien. Pero no iba bien. Llegaron lágrimas y gritos confundidos con caricias y gemidos. Nor se tapaba la cabeza con la almohada para no escuchar. La tranquilidad volvía por temporadas. Fue entonces cuando su madre tuvo que dejarlo solo con él, unas semanas, tan sólo un par de semanas, le dijo. Y a Nor no le gustaba la pasta con lentejas, ni jugar al fútbol, ni obedecer a aquella boca de seda que lo insultaba, a esos ojos azules que lo asustaban, a esas manos que apretaban destellos de cinturón contra su cuerpo. Pero no le dijo nada a mamá, calló dulcemente abrazado a su regreso, con el corazón tiritando. Después, las noches se hicieron más oscuras, los gritos más altos y mamá lloraba sin parar, ocultando las lágrimas en sollozos. Aún así Nor podía oirla y tenía miedo, un miedo terrible y se escondía bajo su cama, apretando los ojos fuertemente.
Un día se quedaron solos, él se marchó para siempre. Nor y su madre volvieron a bajar al parque, a jugar al sol, bajo los naranjos y las higueras. Nor corre sonriente por los caminos y ella lo abrazaba como a un cachito de pan con leche. Sin embargo, a veces, sin poder evitarlo, la madre llora en medio de la noche y Nor, duda, no sabe si devolverle los besos o salir corriendo a acurrucarse en su cuarto.

Tanti auguri

Son un 3 y un 4, un número que marca el tiempo que pasa, el tiempo inventado para contar lo que no se puede manejar. Sumamos y restamos, multiplicamos, dividimos, queremos meter todo en frasquitos con nombre para estar seguros, para señalar lo que se escapa a nuestro control. Las gotas de lluvia, las lágrimas, los rayos de sol, las sonrisas, los besos, los pétalos de los tulipanes, la piel encabritada en la oscuridad de un cine, el olor escondido, las algas de los mares, una tarde dormida en sitios inexplorados de memorias recientes. Se depila mi alma de errores por cometer, mientras trago saliva para no recordar, para no dejarme arrastrar por los fantasmas de mi mente. Y aunque no lo quiera hay algo que avanza: la tierra, un reloj, los pasos de la gente. No mirar atrás es como morir, olvidar es fracasar en lo que hemos sido, en lo que seguimos siendo, nos guste o no nos guste el trabajo que vamos haciendo. Mi vida es mía y tengo que empezar a vivirla, por mucho que hoy los 34 se enrosquen como anclas enceladas, ahogándome en los vientos de desesperanza, creyéndome engañada por besos de puntillas, por rizos alados que volaron ladrones a otros puertos tranquilos. Porque son 34 ó 20 ó 50, porque da igual el número, el alma sigue intacta, débil, como siempre, con coraza de hierro que finge una sonrisa.