domingo, 21 de noviembre de 2010

Pipi Calzaslargas









Tenía medias a rayas y no era una bruja. Llevaba trenzas endiabladas pero ya no era una niña. Hablaba con los animales y tampoco estaba loca. Montaba a caballo sobre las olas del mar y escuchaba caracolas en el silencio. Pipi Calzaslargas había regresado, con su pelo rojo arremolinado y llena de historias por dentro que tenía que contar porque no le cabían en el alma. Las regalaba surcando los aires en su avión de libélula aventurera, primero con pudor, luego con la felicidad de los creadores de magia. Susurraba a los árboles mensajes sin dueño y escribía en la arena mentiras del viento. Le picaba el ojo a las olas y se dejaba enamorar por canciones crecidas en la boca del poeta. La señorita Calzaslargas fruncía la nariz pecosa y arrugada y sonreía con malicia inocente. Volvía renovada, con pilas cargadas de vainilla y arroz con leche; con tisanas de flores y queques de mantequilla; con pinturas azules para escribir cuentos.
Pipi se atusó las trenzas de estropajo y se limpió el chocolate de la boca. Con toda su energía levantó el índice amenazador y juró a las estrellas, que nunca más volvería a irse.

miércoles, 22 de septiembre de 2010

Il bùio delle streghe


A Paolo, Ilaria y Simona

Conchitas pequeñas y menudas tintinean en mis bolsillos, el sabor a trufa de chocolate me envuelve la boca.
El hombre marino ha abierto su caja de las palabras, que se enredan bailarinas en el jardín de la memoria. Llueve. la niña morena está preparando mijo con lentejas, su sabor picante suaviza la noche iluminada. Hierve la sopa, llegan los invitados y la casa se hace nuestra frente a una chimenea de cuentos y tisanas. Hablamos en mi lengua, con acentos extraños; inventamos sonidos; el tiempo se detiene. La tarde huele a película francesa, a campo mojado, a baldosas de rojos de libélula.
El mundo transcurre en una camioneta con vistas al infinito. La niña morena pinta de naranja las campanas del aire, la sigo de cerca pero, a veces, me pierdo jugando con el cacao en nata del cappuccino, cada vez más lejano. El camino de vuelta se llena de bosques encantados, de olivos que miran a la luna, de contadores de cuentos africanos.
Tortellini funghi porcini con mantequilla y savia nos deleitan el momento y me duermo en el cine. Una cámara fija y dos barras de baile.
La ventana de soles se abre a la mañana, plena de pan y aceite. Desayunos profundos que cosquillean el alma con las manos empapadas en jugo de tomate. Camino de la magia recogemos a un ángel: curiosidad en los ojos, carne blanca de alabastro. El hombre marino tiene piel de bosque y anda entre la historia con voz de Ent antiguo, de civilización perdida. Nos enseña sus mundos y la niña morena se hace sirena en piedra, las pupilas del ángel recogen el instante. Yo los miro de dentro y me sale la risa, la risa más profunda que un abismo de hadas, la risa pura y limpia de la plenitud.
La oscuridad se acerca de almendra y cacahuete, de ladrones de vírgenes y jabalíes feroces. El vino se comparte, de boca en boca viaja, mientras las hondas vibran en el vientre lejano de una meditación. Le robamos el camino a la noche y asaltamos la torre pero los boy-scouts no abren candados con horquillas de todo a cien. El balcón sobre el paraíso se extiende en la oscuridad, para volver vencidas a la casa del mago, a soñar con estrellas y banderas de playa que suena a Chopin.

sábado, 1 de mayo de 2010

Cuarzo rosa

Son cigarros que dejé de fumar, gotas de infusiones que no me hacen dormir, mil lágrimas encaramadas al olvido y avanzar es sólo una forma de sobrevivir.
Huecos de ausencia en los pliegues de la sábana, arena curiosa, agua que sigue sin venir y mil trazos de pérdida en cada mirada.
Coloco velas rojas, lucecitas encendidas buscando la metafísica del amor, arrastrada al espacio de lo inaccesible, con la fe ciega de los desesperados.
Volver a sentir me aterra, dejar de sentir me mata.
Esconderme ya no es una alternativa.

jueves, 22 de abril de 2010

El hombre del saco

A Nor, su madre nunca le levantó la mano. Cuando hacía algo malo le reñía, a veces lo castigaba. Si hacía algo bueno le hacía mimitos y carantoñas, lo colmaba de abrazos. Luego llegó él. Tenía ojos azules, boca de seda, besos alados. Su madre se enamoró, tan locamente como sólo los desesperados pueden hacerlo. Él decía cosas bonitas, nunca traía regalos pero le acariciaba el pelo y la hacía gemir. Nor se despertaba algunas noches asustado y su madre lo tranquilizaba, todo iba bien. Pero no iba bien. Llegaron lágrimas y gritos confundidos con caricias y gemidos. Nor se tapaba la cabeza con la almohada para no escuchar. La tranquilidad volvía por temporadas. Fue entonces cuando su madre tuvo que dejarlo solo con él, unas semanas, tan sólo un par de semanas, le dijo. Y a Nor no le gustaba la pasta con lentejas, ni jugar al fútbol, ni obedecer a aquella boca de seda que lo insultaba, a esos ojos azules que lo asustaban, a esas manos que apretaban destellos de cinturón contra su cuerpo. Pero no le dijo nada a mamá, calló dulcemente abrazado a su regreso, con el corazón tiritando. Después, las noches se hicieron más oscuras, los gritos más altos y mamá lloraba sin parar, ocultando las lágrimas en sollozos. Aún así Nor podía oirla y tenía miedo, un miedo terrible y se escondía bajo su cama, apretando los ojos fuertemente.
Un día se quedaron solos, él se marchó para siempre. Nor y su madre volvieron a bajar al parque, a jugar al sol, bajo los naranjos y las higueras. Nor corre sonriente por los caminos y ella lo abrazaba como a un cachito de pan con leche. Sin embargo, a veces, sin poder evitarlo, la madre llora en medio de la noche y Nor, duda, no sabe si devolverle los besos o salir corriendo a acurrucarse en su cuarto.

Tanti auguri

Son un 3 y un 4, un número que marca el tiempo que pasa, el tiempo inventado para contar lo que no se puede manejar. Sumamos y restamos, multiplicamos, dividimos, queremos meter todo en frasquitos con nombre para estar seguros, para señalar lo que se escapa a nuestro control. Las gotas de lluvia, las lágrimas, los rayos de sol, las sonrisas, los besos, los pétalos de los tulipanes, la piel encabritada en la oscuridad de un cine, el olor escondido, las algas de los mares, una tarde dormida en sitios inexplorados de memorias recientes. Se depila mi alma de errores por cometer, mientras trago saliva para no recordar, para no dejarme arrastrar por los fantasmas de mi mente. Y aunque no lo quiera hay algo que avanza: la tierra, un reloj, los pasos de la gente. No mirar atrás es como morir, olvidar es fracasar en lo que hemos sido, en lo que seguimos siendo, nos guste o no nos guste el trabajo que vamos haciendo. Mi vida es mía y tengo que empezar a vivirla, por mucho que hoy los 34 se enrosquen como anclas enceladas, ahogándome en los vientos de desesperanza, creyéndome engañada por besos de puntillas, por rizos alados que volaron ladrones a otros puertos tranquilos. Porque son 34 ó 20 ó 50, porque da igual el número, el alma sigue intacta, débil, como siempre, con coraza de hierro que finge una sonrisa.

viernes, 19 de marzo de 2010

Incluso en estos tiempos

Ya no tengo 20 años, pero ahora es como si los tuvieras. Yo te quiero, quiero una familia, un pequeño bicho (menos peludo que el perro y las gatas) canturrenando burradas por la casa- y lo mismo me da que sea en italiano, español o francés, pero por dios no se lo dejes a los germánicos-, pero el caso es que tantas milongas sobre el poeta urbano me han comido el seso, o sorbido o coco, y yo qué sé. El caso es, volviendo a los orígenes, que no sé si es mejor la oveja del país o la del otro. Ay, cuanto estrés. Y lo escribo en español que me crea menos ansiedad.

domingo, 24 de enero de 2010

Y...

Y cuando el viento sople de nuevo, no quedarán estrellas a las que rezarles.

sábado, 23 de enero de 2010

Mis pequeños monstruos


Nunca fuimos más de quince ni menos de seis. Nuestra llegada se hacía notar con días de antelación: el perfume, las voces, el pelo revuelto, las 'lager'en el bolso. Una mirada nuestra alborotaba a los hombres más íntegros, a los juerguistas más voraces; pero tan sólo a algunos les dejábamos jugar cuando la noche ocultaba pecados y pecadoras. Los rayos de luna nos protegían cabalgando corchos y aletas; los rayos de sol nos acompañaban iluminando senderos de cuerpos embriagados y tarde de té moruno. Los besos eran puros y las verdades brotaban del corazón, escocían las despedidas y apretábamos los dientes fuertemente, como estatuas griegas de viejas esfinges, altivas y elegantes, pasionales y puras, dulces como aleteos de pestañas sin rimmel. Danzábamos en el agua, acariciadas por el viento de la tarde, sumergiéndonos en las entrañas del desierto para brotar entregadas a músicas de perdición. Eramos imparables, despiadadas e inocentes como el algodón de azúcar en los dientes de leche. Sonreíamos con los ojos, con el don terrenal de sentirnos felices, hasta que llegó el final. Nos dejamos robar besos, nos dejamos robar almas, nos dejamos mecer por corrientes que nos llevaron lejos, tan lejos que casi no se mantienen las distancias. Y crecimos, cuando ya no había más que crecer, para perder la belleza perfecta de lo que casi nunca sucede, pero guardando el corazón del recuerdo para seguir queriéndonos en medio de las dificultades.

(Para mis brujas: Lucía, Maytetxu, Olga, Marina, Nayra, Claudia, María, Pilar, Vero, Maribel, Claire, Mayte , Montse y Betisa)

viernes, 1 de enero de 2010

Rendez-vous


Suben llamas incendiadas contra el cielo; bullicio que cosquillea los oídos; uvas trituradas ensoredecen las 12 campanadas; busco la sensación que me separe un año del otro.
Purpurina en los ojos para marcar la fecha, lentejuelas que reflejan las excusas inventadas. Mitos subidos a la realidad de la luna llena, deseando creer en la magia, en la energía nacida de la voluntad conjunta, y se eleva el globo de papel recordando a los muertos, brillando en el cielo como estrellas fugaces que durarán siempre.
Mis pestañas se cierran manchadas de rimmel, huelo los labios soñados en imágenes de cava dorado. Imagino la piel anhelante, destemplada bajo la noche, bajo mi piel hambrienta robando besos a mordiscos.
Es nuestra cita con el futuro, la medianoche elgida para decir adiós, para afrontar los cambios, para soñar con deseos y engañarnos con promesas.
Sucumbo al cansacio abrazando mi rostro en la suavidad de las sábanas mullidas, de las gotas de saliva deslizándose en rincones secretos, dormidos ya en la madrugada callejera.